La EURO de Don Fernando

Seguro que todo portugués, durante algún momento previo a la finalísima de ayer, echó la vista atrás para recordar a Cristiano, Figo o Pauleta en el césped de Da Luz durante la noche de aquel 4 de julio de 2004 que cambió la historia del fútbol luso. Abatidos y lamentando haber perdido aquella magnífica oportunidad ante una Grecia menos talentosa. Y es que aquella derrota fue durísima, pero de todo se aprende. Por caprichos del destino y de este indescifrable deporte, ayer Portugal volvía a una gran final europea pero, a diferencia de 2004, esta vez, por jugar en casa y por calidad individual, la presión era para el rival, una Francia con más recursos pero que no contaba con un maestro como Don Fernando Santos. 


En un campeonato en el que las estrellas han tenido un peso mínimo y en el que los partidos se han sacado adelante a través del bloque y lo colectivo, la figura del entrenador ganó fuerza. Santos entendió desde el primer partido que a Portugal le convenía controlar los partidos del primer minuto hasta el último. No iba a importar que nombres de más talento en el centro del campo como Moutinho o André Gomes participaran menos. Y así, con hombres de músculo y conocedores de lo vital de no perder nunca el sitio, Portugal avanzó rondas sin que prácticamente se hablara de ello. Tuvo tramos de más fluidez con balón y tramos, como gran parte del partido de ayer en Saint-Denis, en el que el esférico pasaba a ser algo secundario. Orden, confianza en el colosal trabajo de una defensa liderada por Pepe y Guerreiro y esperar a tener alguna gracias a la velocidad de los de arriba. Funcionó. Incluso sin Cristiano durante prácticamente 100'. Porque el plan seguía siendo el mismo y porque Francia, como el resto de contrincantes en el torneo, se iba a tener que inspirar al máximo para encontrar el más mínimo hueco. 

Cansa leer o escuchar a aquellos que le restan mérito al triunfo de la selección más realista del torneo sólo por optar por un fútbol en el que lo combinativo pasa a estar en un segundo plano. Y cansa porque Portugal y Fernando Santos, exceptuando a una Alemania que se quedó fuera por falta de puntería a pesar de lograr hacer daño con su juego, fueron los únicos que vieron, desde la primera semana de torneo, que no iba a haber rival pequeño y que la gloria iba a ser para el que menos errores cometiera. Así fue.


Dentro de diez años serán los franceses los que recordarán a Griezmann o Pogba llorando en París tras desperdiciar una ocasión de oro para volver a una senda triunfal de la que ya hace demasiado que los galos se apartaron. Todo el país llegó a tocar el trofeo, a sentirlo suyo, pero ese disparo de un Eder que de golpe dejó de ser objeto de broma representó un enorme baño de humildad. Porque se llegó a ensalzar en exceso a una selección plagada de nombres interesantes pero que para nada fue regular, a la que le costó ser plana, que sufría lo que no está escrito para sacar el balón con sentido desde atrás y que vivía de las apariciones de un Griezmann que tenía que jugar de todo en ataque porque mientras tanto Benzemá lo seguía todo desde la TV del comedor de su casa. Un campeón necesita tener algo más. Un campeón necesita tener alma. Y Portugal no tuvo muchas cosas que otros campeones sí tuvieron. Pero Portugal tuvo alma.  

Fotos: Slate.com

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