Nigeria y Mali, Mali y Nigeria. Las dos grandes potencias del continente africano en categoría Sub-17 disputaron ayer por la noche la gran final de un Mundial celebrado en Chile que no ha defraudado. La vigente campeona contra uno de los países que más crece año tras año por lo que a fútbol formativo se refiere. Ambas dejando claro que a esta temprana edad el físico sí suele ser determinante. Y así fue.
Tras la eliminación de Francia, la que para mí, después de su descomunal Europeo, era la favorita a llevarse el título final, el camino se allanó, y mucho, para las selecciones africanas. Sólo Bélgica, que realizó una meritoria participación en el campeonato pese a que jóvenes con un futuro prometedor como Azzaoui tuvieron un peso menor de lo esperado, y Croacia, que fue algo irregular pero dejó alguna exhibición que invita a la esperanza (el escandaloso partido de Brekalo ante la Alemania de Passlack, por ejemplo), podrían haber discutido el reinado mundial a las dos finalistas.
Los nigerianos eliminaron a México en una semifinal que nos dejó el gol del torneo (lo veremos próximamente en la sección de EL GOL DE LA JORNADA) y Mali, por su parte, acabó con los belgas para obtener el billete para estar en el partido de los partidos. Un encuentro al que Nigeria llegaba como favorita y con la intención de revivir aquel último título que Iheanacho y sus compañeros de generación ya lograron en 2013. Sí, parecía difícil que Mali, que por primera vez alcanzaba una final mundial en cualquier categoría, pudiera hacer sonar la campana pero la primera parte estuvo mucho más pareja de lo que muchos ya habían vaticinado. El combinado dirigido por Emmanuel Amunike, una de las leyendas del fútbol del país, perdió el control en algunas fases del primer tiempo y Mali consiguió llegar al área del portero Udoh con peligro. El marcador no se movió.
Pocos pueden decir que le aguantaron medio partido a la generación más potente del planeta en esta categoría. Lo que está claro es que, al final, tener a los mejores jugadores te da un plus que difícilmente iguales con desgaste físico y trabajo táctico durante 90', y más a estas edades. Y cuando hablo de jugadores de este calibre hablo de, sin ir más lejos, jóvenes como Victor Osimhen. ¿Cómo no vas a ganar un torneo en el que tu delantero marca las diferencias y ve puerta en todos y cada uno de los partidos de la competición? Él mismo, en el minuto 56 de la final, abrió la lata de un partido en el que el portero de Mali había estado a un elevadísimo nivel para que, dos minutos más tarde Bambgoye sentenciara culminando una buena contra. Nigeria revalidaba título.
De Iheanacho a Osimhen. De la generación nigeriana que triunfó en 2013 a la que lo ha hecho en 2015. Es obvio que el fútbol físico, rápido y potente aún gana partidos en el que se enfrentan futbolistas de tan sólo 17 años. Pero hay algo más. Detrás de esas veloces carreras, esos choques buscando el cuerpo y esos disparos potentísimos desde larga o corta distancia está el trabajo de unos países que no tiran la toalla y que siguen queriendo demostrar que ese fútbol todavía puede dar que hablar.
Acaba otra edición de una de las competiciones más divertidas del fútbol en categorías inferiores. Esa falta de madurez, esa ilusión y esas ganas por comerse el mundo hacen de los Mundiales Sub-17 torneos vistosos y en los que ya se pueden ver chicos de lo más interesantes. Apunten nombres como el del propio Oshimen, el de Nwakali, el de Brekalo, el de Azzaoui o el de los franceses Aupamekano o Edouard, que pese a la decepción de caer en octavos ya han demostrado que tienen mucho que ofrecer. Jugadores que, junto a tantos otros, seguirán buscando un hueco, su hueco, en un mundo en el que ni la victoria en eventos como éste te garantiza poder llegar a triunfar algún día. El tiempo dirá.