Fácil, sencilla y clara. Una victoria de las de prestigio, de las históricas. De esas que no se olvidarán jamás y de las que elevan al séptimo cielo a unos y hunden en el infierno a otros. De las que hacen daño. De las que se aprende y de las que se utilizan para enseñar. Una obra maestra.
Lo cierto es que cuesta encontrarle adjetivos a lo que hoy, sábado 21 de noviembre de 2015, el Barça ha hecho en el Bernabéu. Ante un Madrid que ya llegaba caliente y que sale hirviendo. Y lo peor, con la sensación de que, no por primera vez, los blaugrana fueron superiores con un auténtico recital.
Sin Messi. Sin ese hombre que decide partidos cuando hay que decidirlos y que hace que los que le rodean jueguen más tranquilos, más confiados. Es cierto que los blancos llevaban ya varias semanas sin generar miedo, sin ganar con claridad, pero yo al menos esperaba reacción, y más en un día como el de hoy. No la hubo.
Y no la hubo porque Luis Enrique así lo quiso. Planteó un partido tácticamente perfecto y apenas dejó respirar a los de Benítez con una presión que asfixió a los blancos por el medio y que les negó el poder generar peligro por los costados (hoy Marcelo no recorrió la banda como en él es habitual). Una presión que, por otro lado, sólo el primer Barça de Guardiola, el de Eto'o en punta, lograba mantener durante tantos minutos. Y sí, sin Messi, pero con Sergi Roberto en estado de gracia. En el estadio que le vio nacer y que hoy, años más tarde, contempló su consagración. Pero no sólo estuvo él. Rakitic y Iniesta, que hoy volvió a decirle al mundo que todavía tiene mucho fútbol que regalar, escoltados por el mejor 5 con balón que nunca he visto, también fueron claves en esa vital función de darle equilibrio al centro del campo. Ese equilibrio que el Madrid no encontró en ningún momento, hecho que demuestra, una vez más, que jugadores como Casemiro son fundamentales en partidos en los que no tendrás el balón durante muchas fases. Benítez se volvió a equivocar.
Sin Messi. Pero con Neymar y Suárez. Uno volvió loco a un Danilo que ahora mismo es menos competitivo que Carvajal. El otro acabando todo lo que el resto creaba con esa eficacia propia de la figura de un 9 letal y decisivo que tanto tardó en llegar a Can Barça. Dos piezas ofensivamente difíciles de parar y que consiguieron sacar a la luz una fragilidad defensiva sorprendente en un equipo de Benítez. Y es que el Madrid no funcionó atrás, pero tampoco lo hizo cuando perdió balón (salvaje separación entre líneas) o durante esos breves momentos en que lo tuvo. Hoy, desde los primeros minutos, quedó claro que sólo un milagro en forma de individualidad podría salvar a los locales. Y esa acción, como sabemos, no llegó.
Creo que hoy tuvimos la oportunidad de ver la mezcla entre el espectacular rendimiento de unos y el desastroso trabajo de otros. Todo ello en un día en el que el Madrid quedó retratado. Sin un estilo claro, sin la presencia (otra vez) de los que debían aparecer y sin la respuesta de un entrenador que ahora pende de un hilo. Euforia por un lado, dramatismo por el otro. Es lo que tienen estos partidos. Quizás, en algunos casos, de forma exagerada. Hoy no. Porque no hubo color y porque el resultado lo dice todo. Un 0-4 que da alas a un Barça que se va a 6 puntos, que aún espera a esos dos refuerzos que le darán oxígeno en lo físico y que hace temblar las bases de un Madrid que, por plantilla, debió dar mucho más. Estoy convencido de que durante este año sí veremos esa versión blanca competitiva y capaz de ganar a cualquiera, pero puede que llegue cuando ya sea tarde. Y es que hoy quedó demostrado que esa versión todavía está lejos y que, por su parte, el Barça sí tiene tramos en que asusta. Y lo mejor para los de Luis Enrique es que hoy no necesitó estar al máximo durante los 90 minutos para imponerse con suma facilidad. Bueno, y que brilló sin Messi.